sábado, 21 de junio de 2014

Rocío de la Mañana


Rocío de la Mañana: Hermosa canción interpretada por Luisa y Roberto Huertas del Ministerio Musical "Immah" y dedicada a la Virgen María

Autores-Letra y Música: Luisa y Roberto Huertas

sábado, 25 de agosto de 2012

“La Esposa del Espíritu”…

María, “La Esposa del Espíritu”…
 Escucha esta hermosa canción interpretada por Luisa y Roberto Huertas servidores del ministerio de música de la Comunidad Parroquial San José de Nazareth en la ciudad de Medellín… 

  

jueves, 23 de agosto de 2012

UNA VOCACIÓN AL AMOR

A pesar de que hay tantas y tan diferentes profesiones y una gran variedad de talentos y actividades en el mundo, Dios ha querido darle al hombre un camino de vida llamado vocación. La vocación a la vida Religiosa y Sacerdotal es uno de los caminos que parecen más claros para el servicio a Dios y a los hombres. 

La vocación del laico comprometido como soltero es un segundo tipo de camino a elegir, sin ser menos exigente que el primero cuando se decide vivir una soltería santa. Pero la vocación de la cual quiero hablar es la vocación al matrimonio, que al igual que las dos primeras es una vocación al amor.

¿Qué clase de detalles puede mostrar el amor en un matrimonio? Recuerdo hace más de 12 años que una llamada telefónica podía extenderse por horas sin agotar el tema de una conversación y sin dejar de ser una gran alegría la expectativa de una próxima comunicación. Tomar un bus o un avión para emprender un viaje de vacaciones era siempre una gran aventura. Mandar un pequeño regalo a través de cientos de kilómetros constituía una gran emoción y una meta cumplida.

Hoy en día aunque las circunstancias han cambiado un poco y las actividades diarias nos absorben más que en aquel tiempo, puedo decir que la vocación al amor que Dios nos ha dado como matrimonio supera cualquier otra expectativa, proyecto o ilusión. Nuestros trabajos han podido subir de rango, nuestras diversiones y nuestros gastos pueden tener ahora más holgura que antes, hemos podido capacitarnos y estudiar lo que cada uno ha deseado y en general en pocas ocasiones nos hemos negado algo que queremos.
Pero cuando imaginamos por sólo un instante que cualquiera de estos logros, gustos o realizaciones carece de la presencia del cónyuge, las cosas que hasta ahora tienen sentido pierden casi todo su valor. Más aún, si a todas estas vivencias le quitáramos la participación de nuestro esposo(a), nos daríamos cuenta que sólo serían una serie de acontecimientos vacios y casi sin sentido. De este modo podríamos pensar que aunque nuestros trabajos desaparecieran, nuestras finanzas se estrecharan radicalmente, nuestros estudios caducaran, o no pudiéramos ya darnos tanto gusto o con tanta frecuencia, bastaría con saber que se tiene junto a sí a la persona que Dios destinó para amar y hacerla feliz, y sólo esto bastaría para hacer un balance de realización a plenitud y emprender tranquilamente otros 10, 20 o 30 años para vivir esta vocación al amor.

Todo esto es posible si en la base de esta vocación está Dios, si nuestros principales invitados a la boda fueron Jesús, José y María, porque el lazo de tres hilos no se rompe jamás. Esto lo creemos y lo hemos vivido desde las verdes y tranquilas llanuras hasta la congestionada capital de nuestro país, incluyendo una corta temporada en tierra extranjera, y tenemos certeza que seguirá siendo así, si tenemos siempre presente que nuestra vocación primera es el matrimonio, una vocación al amor.

ROBERTO HUERTAS DE LUISA &
LUISA FDA. OSORIO DE ROBERTO

lunes, 20 de agosto de 2012

MARÍA Y EL ESPÍRITU SANTO

MARÍA SANTÍSIMA Y EL ESPÍRITU SANTO EN SAN FRANCISCO DE ASÍS

por Ilario Pyfferoen y Optato Van Asseldonk, o.f.m.cap.
En los últimos decenios se ha escrito mucho sobre el cristocentrismo/ teocentrismo del Poverello, pero no se ha prestado suficiente atención al lugar excepcional reservado a la Madre de toda bondad en la espiritualidad del Seráfico Padre, que en muchos aspectos fue determinante para el siglo XIII, mediante las tres Órdenes por él fundadas.
¿Debemos decir entonces que S. Francisco es un innovador en mariología? Respondemos con franqueza: «Sí y no»; no tememos decir: «En gran parte, no», porque tomó muchos elementos de la espiritualidad tradicional y del ambiente en que vivía; pero enseguida hay que rectificar esa afirmación con una respuesta positiva: «Sí», porque, además de los elementos con que se encontró y que asimiló convenientemente, añadió otros personalísimos suyos, bajo el influjo de su carisma propio, que todo lo informa y unifica.
Hay múltiples afinidades entre S. Francisco y los escritores espirituales que le precedieron, por ejemplo, S. Pedro Damiani, S. Bernardo y sus hijos, y no es éste el lugar para repetir lo que otros han dicho o escrito al respecto. Para demostrar cómo S. Francisco expresó de manera personal y propia la espiritualidad común, baste reproducir un texto. En la Regla no bulada, después de dar gracias a Dios por la creación, lo contempla en el misterio de la redención, y dice: «Padre santo y justo..., te damos gracias también [antes lo había hecho por la creación y ahora lo hace por la encarnación] porque, al igual que por tu Hijo nos creaste, así, por el santo amor con que nos amaste, quisiste que Él, verdadero Dios y verdadero hombre, naciera de la gloriosa siempre Virgen beatísima Santa María, y que nosotros, cautivos, fuéramos redimidos por su cruz y sangre y muerte» (1 R 23,3).
Al parecer, la expresión «María esposa del Espíritu Santo», que se encuentra en la Antífona del Oficio de la Pasión, es propia y específica de San Francisco, si bien hay que añadir de inmediato, en honor a la verdad, que la doctrina encerrada en esa expresión se encuentra ya en autores anteriores, incluso en los Santos Padres. Lo que parece propio de Francisco es, en cambio, el contexto trinitario que sirve de fondo temático a la afirmación del Poverello. A continuación analizaremos estas afirmaciones nuestras, para facilitar una interpretación y valoración exacta de su significado.
Para desarrollar ordenadamente la materia, estudiaremos en la primera parte del trabajo la devoción mariana de S. Francisco en su vida y en sus escritos, reservando para la segunda el título mariano por él festejado: «Esposa del Espíritu Santo».
I. ASPECTOS PRINCIPALES DE LA DEVOCIÓN DE FRANCISCO A MARÍA
1. Cristo en el contexto trinitario
La lectura crítica de los Escritos de Francisco nos revela cada vez más que el Poverello ve y vive de una manera muy expresiva a Jesucristo como Hijo del Padre en el Espíritu Santo. En los Escritos se comprueba, en primer lugar, que Francisco, cuando habla de Cristo, casi siempre lo llama Señor, Dominus, el título o nombre divino usado por el Santo más que ningún otro, más incluso que el de Dios. También se comprueba que el Señor Jesucristo, por cuanto me consta, es siempre y sin excepción visto y vivido como Dios-Hombre, es decir, en su unidad de Persona divina, como Hijo encarnado, Verbo del Padre. Francisco hace explícito este criterio vital en diversos aspectos de la vida evangélica concreta, pero siempre en relación directa con el Espíritu Santo.
En la primera Admonición afirma con pensamientos joánicos y paulinos que, siendo Dios (Padre, Hijo y Espíritu Santo) «Espíritu», sólo en el Espíritu es posible ver al Padre en el Hijo; el Espíritu (Santo) es el que da vida (divina). En el Espíritu los Apóstoles vieron en Cristo-hombre-histórico al Hijo del Padre, y en ese mismo Espíritu nosotros debemos ver y recibir en el Cuerpo y Sangre del Señor al verdadero Hijo de Dios-Padre.
En la Admonición 8, Francisco explica el texto paulino de 1 Cor 12,3: «Nadie puede decir: Jesús es el Señor, sino en el Espíritu Santo», en el sentido de que Él es el autor de todo bien. Además, para Francisco, las santas palabras o las palabras divinas escritas de la Biblia son «espíritu y vida» (Jn 6,63-64), por cuanto contienen el Espíritu que es el que vivifica y da vida. El Poverello sentía una gran predilección por esas palabras de Juan: «espíritu y vida», expresión que aplicaba también a los teólogos y a cuantos explican las palabras divinas, porque así nos administran espíritu y vida (cf. Test 13).
En la Admonición 7, comenta el texto de S. Pablo: «La letra mata, pero el espíritu vivifica»; la letra, sin el Espíritu vivificante, es letra muerta (2 Cor 3,6). En efecto, las palabras divinas son palabras del Verbo, del Padre y del Espíritu Santo, y como tales son espíritu y vida (cf. 2CtaF 3).
La unión íntima con la Santísima Trinidad, con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, es decir, la inhabitación trinitaria, es obra del Espíritu del Señor que se posa en nosotros haciéndonos hijos del Padre, esposas del Espíritu Santo, hermanos y madres de nuestro Señor Jesucristo (cf. 2CtaF 48-53). Esta inhabitación hace realidad en nosotros la oración de Jesús en la Última Cena: «Que todos sean uno como nosotros...» (Jn 17,11). El cap. 17 de san Juan es el texto evangélico más citado y vivido por Francisco. Tal vez por esto Francisco es todavía hoy el santo más ecuménico. En su Carta a los fieles, en línea con Jn 17, habla de nuestra santificación en la unidad (1CtaF 1,14-19; 2CtaF 56-60). Y en sus oraciones y cartas Francisco se siente siervo y ministro de todos los hombres y de toda la creación, por cuanto unido íntimamente al Señor en su misterio pascual total y universal como Dominus universitatis, Señor del Universo (CtaO 27).
Este Espíritu del Señor, o sea, del Padre y del Hijo, deseable sobre todas las cosas, es quien, según la Regla bulada, realiza en nosotros la oración con puro corazón, la humildad en las persecuciones, la paciencia en las enfermedades y también el amor a los enemigos; el Espíritu del Señor Jesucristo es el corazón de la vida evangélica concretizada en la Regla de los hermanos (cf. 2 R 10,8-10). Toda reforma o renovación de la Orden se inspira siempre en este texto central.
Aún pensando, no sin dolor, en la influencia del joaquinismo en la Orden, me parece igualmente probable que el mismo Francisco, tal vez sin pretenderlo, constituyó, con su vida y doctrina evangélica, «pneumatológica y mariana» -permítaseme la expresión-, una respuesta católica y apostólica al fascinante profeta escatológico del Espíritu Santo. Francisco, en efecto, fiel al Concilio Lateranense IV que había condenado a Joaquín de Fiore, vivió la unidad de la vida trinitaria en la creación, redención y salvación de la humanidad y del cosmos, inspirado como estaba por el único y por el mismo Espíritu de nuestro Señor Jesucristo. Este Espíritu del Señor fue enviado por el Padre mediante el Hijo, quien nació de una vez para siempre del Espíritu Santo y de la Virgen María hecha «Iglesia».
El Apóstol afirma que «el Señor (o sea, Cristo) es el Espíritu, y que donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad» (2 Cor 3,17). Se trata de la libertad que nos libera del espíritu de la carne y del mundo, afirma Francisco, para que, «por la caridad del Espíritu», nos sirvamos y obedezcamos unos a otros de buen grado, siguiendo las huellas de Cristo que se entregó espontáneamente a sus enemigos y perseguidores (cf. 1 R 5,13-17; Gál 5,13). En esta caridad del Espíritu precisamente, se practica la verdadera obediencia de nuestro Señor Jesucristo que da la vida por el Padre y por los hermanos; Francisco la llama obediencia caritativa o también obediencia del Espíritu, y nos hace siervos y súbditos de toda humana criatura, más aún, de toda criatura a secas, para que, en cuanto el Señor se lo permita, puedan hacer de nosotros lo que quieran (SalVir 14-18; Adm 3,6; 2CtaF 47-49; 1 R 16,6).
2. María en contexto trinitario
Francisco jamás separa a la Madre del Hijo, después de haberla visto en el Crucifijo de San Damián estrechamente unida a su hijo Jesús. Y, en efecto, Francisco la ve siempre en el contexto trinitario del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Los biógrafos del Poverello son unánimes en exaltar su fervorosa devoción mariana. Escuchemos al primero de ellos que, hacia el año 1245, escribe en el capítulo titulado: «Su devoción a nuestra Señora, a quien encomendó especialmente la Orden»: «Rodeaba de amor indecible a la Madre de Jesús, por haber hecho hermano nuestro al Señor de la majestad. Le tributaba peculiares alabanzas, le multiplicaba oraciones, le ofrecía afectos, tantos y tales como no puede expresar lengua humana» (2 Cel 198).
Pero es necesario remontarse a los primeros años de la vida nueva de Francisco. Después de su conversión (y tal vez incluso antes), frecuentaba él el santuario de Santa María de los Ángeles, y a raíz de los incidentes de Rivo Torto estableció allí su residencia (cf. 1 Cel 44; LP 56). Para Francisco, la Porciúncula con su santuario mariano era el centro y cabeza de la Orden que había fundado, y desde el principio encontró allí la encarnación viva de su devoción a la Madre de Dios.
Para penetrar en el misterio del amor de Francisco a la Virgen y en su vinculación con el santuario de Santa María de los Ángeles, hay que tomar en consideración un aspecto psicológico del Poverello, que explica su comportamiento tanto interno como externo.
Siendo de naturaleza sensible y empujándolo la gracia en aquella dirección, Francisco intuye el nexo sobrenatural entre el símbolo y su realidad, entre la metáfora y la cosa significada, con el resultado de que tanto en sus expresiones como también en su comportamiento «unifica» y hasta casi «identifica» lo que una mente ordinaria «distingue». Ya en la Sagrada Escritura encontramos casos semejantes, por ejemplo en san Pablo y en san Juan cuando hablan del espíritu: a veces el significado es ambivalente y puede significar sea la persona del Espíritu Santo, sea los dones del Espíritu Santo, sea simplemente el espíritu que en el alma se opone a la carne o al espíritu maligno. Más aún, el mismo Jesús habló en sentido «ambivalente», por ejemplo, cuando dijo a los judíos: «Destruid este templo y en tres días lo reconstruiré»; los judíos entendieron que hablaba del templo de Jerusalén, pero el evangelista explica que «Él hablaba del templo de su cuerpo» (Jn 2,19-21). Este método de combinar dos cosas diversas bajo una misma perspectiva estaba muy difundido en la Edad Media.
Eso mismo sucede en S. Francisco. Santa María de los Ángeles era para él no sólo la iglesita que había reparado y que tanto amaba, sino también la persona misma de María, que estaba presente en aquel santuario, rodeada de sus Ángeles. Además, en sus dos plegarias marianas llama a estos Ángeles «santas virtudes» o «virtudes de los cielos», término éste que también es ambivalente; en efecto, para Francisco, la palabra «virtudes» designa a los seres espirituales que llamamos ángeles; pero no sólo esto, porque, pasando del sentido personal al real, o más bien, contemplando en una misma perspectiva dos realidades sobrenaturales distintas, las «virtudes» significan para él tanto las virtudes «angélicas» como las virtudes «infundidas en los corazones de los fieles» (cf. SalVM 6; OfP Ant). Fuente original: http://www.franciscanos.org/virgen/pyfferoen.html